Una vez recuerdo haber compartido mis sentimientos e ideales con un poeta.
Había conocido al hombre perfecto, o eso creía, yo era apenas una niña y él un hombre ya, un químico. No creía que fuese el amor de mi vida, era imposible, él estaba prohibido, así que lo dejé pasar. Transcurrieron años en mi búsqueda en corazones extraños lo que había visto en el, nunca conseguí algo que me cautivara.
Ronde mentes y actitudes, estudié hábitos y costumbres, disfrute de la adulación de muchos y me aburrí al poco tiempo.
Escuché su voz años después, solo para hacerme preguntas rutinarias, nada que me esperanzara. Me hizo recordar lo que buscaba en un hombre y pensé que esta vez sería más fácil.
Pasó algún tiempo y decidí salir con alguien de mi edad, no podía ser tan malo. era un estudiante de derecho. Me prometió la luna y las estrellas entregadas en cajas de cristal. El sol lo adorno con nubes y arcoiris y lo pinto en un lienzo desierto de un futuro incierto. Me regaló besos inolvidables y caricias estremecedoras, quiso llevarme al infinito pero, solo me dio la cola hasta el aburrimiento. Creía haberme enamorado de el, en ese momento así lo sentía, sin embargo, mi corazón estaba en otra parte y mi mente conseguía tedioso sus comentarios. Lo humillé, lo dejé y lo olvidé. Era el hermano de mi mejor amigo. Jamás me volvió a hablar.
Conocí meses después a un estudiante de ingeniería. Trató de hacerme sentir inferior cada vez que los números se lo permitían, yo lo ignoraba, no me interesaba en absoluto de lo que él hablaba. Murmullos de éxitos inalcanzables, gritos de júbilo ante metas imposibles, lágrimas por abandonos y verguenzas de humillaciones ridículas. Lo dejé para volver con el cuasi-abogaducho aburrido. Me distraje y lo olvidé nuevamente.
Sentí desespero, no podía ser verdad, ningún hombre era lo que yo quería. Masculino, inteligente, antipático, voraz, hábil, audaz, locuaz, ingenioso, elocuente… Y loco. Nadie era como él.
Tuvimos un encuentro casual, el químico y yo,el venía de trabajar y yo de la universidad, me preguntó por mi papá y yo a él por su mamá. El no mostró interés, no tenía por qué, el no me necesitaba. Aún así, me pidió mi número de telefóno, dijo que necesitaba ayuda con algo y seguramente yo era la indicada para el trabajo. Y si, le creí. Mis esperanzas acabaron ahí, se lo dí resignada, anotado en una hoja rasgada de cuaderno, esperando otra llamada casual y esta vez, laboral.
Comencé a hablar con el durante días, jamás mencionó el trabajo. Conseguía interesante las corrientes de sus pensamientos, con que pasión y convicción hablaba. Mis sentidos se paralizaban cada vez que oía su voz, mi cuerpo se erizaba al escucharlo decir: “Aló!”
Una tarde me pidió que le mostrara lo que escribía, le dije que no eran mas que las acuarelas de mis recuerdos, el boceto en borrador de lo que quería fuese perfecto. Le encantó, no entiendí por qué.
Pasé semanas sin saber de él, no me preocupó aunque si desesperó, al final no había nada que lo hiciera quedarse, era simplemente yo.
Una tarde de abril me llamó, me dijo: “escribí algo para ti”. El corazón dejó de latir, mi razón no creía lo que mis oídos escuchaban. Mi cuerpo negaba y apagaba la alegría que se encendía dentro.
Leí cuanto me amaba, cuanto me deseaba, cuanto mis ojos lo enloquecían, cuanto mis labios lo distraian. Leí cuanto adoraba mi antipatía tanto como yo la de él, cuanto lo hacían desvariar mis palabras de mujer.
Compartí tardes y noches a su lado. Sentí su piel contra la mia, el roce de sus labios me enardecía. El susurro de sus besos en cada pulgada de mi piel me retorcía, su lengua atravesando mi inocencia y sus ojos corrompiendo mi existencia. Lo sentí escribirme en la piel cuanto me amaba, lo dejé tatuarme en el corazón cuanto le pertenecía. Me aferre a sus bucles azabache con afán para que no se fuera. Absorbí cada gota de su conocimiento. Admire cada centímetro de su cuerpo. Contemple todas las contracciones de sus músculos. Oí las contradicciones rozar dentro de su mente.
Duró pocos meses ese amor. Su compañía. En todo el tiempo, solo lo vi una vez. Jamás lo toqué. Jamás lo besé. Jamás me hizo suya. Pero, juro que puedo sentir sus besos sobre mi tez, sus manos acariciándome el alma, su olor impregnado en mi cabello. Juró que mi piel tiene memoria de la suya, que mis ojos aún recuerdan el chocolate en los de él.
Podría jurar que fue real, podría jurar que lo vi entrar. Podría jurar que él conocía la química exacta de mi piel, la combinación perfecta para hacerme enloquecer.